
Corría el año 1995. Mi pandilla de toda la vida se desintegraba: unos se echaban novia, otros se iban de la ciudad… y yo me quedaba allí, totalmente desorientado. Por aquel entonces, mi historial amoroso se resumía en enamorarme platónicamente de amigos heteros; un deporte de riesgo que practicaba porque, sinceramente, no conocía otra cosa ni sabía cómo evitarlo.
Pero un día decidí dar el paso: quería conocer a alguien como yo. Gay, claro.
Mis amigos heteros me escuchaban con mucho cariño, pero los pobres sabían de «ambiente» lo mismo que yo de punto de cruz. Así que, con todo el dramatismo de mis 30 años, llamé al centro de información sexual del Ayuntamiento de Jerez. Me atendió una psicóloga, Toñi Asencio, y cuando le solté que no conocía a nadie y que «yo era el único gay en todo el mundo», se echó a reír y me dio la primera dosis de realidad.
Me habló de bares en Sevilla y Cádiz, pero yo no bebía, me molestaba el ruido y la idea de entrar solo en un local me aterraba. Entonces me dio la clave: la asociación «Somos» en Sevilla y el periódico Cambalache.
Operación: Apartado de Correos
Como en mi casa me controlaban bastante —error mío por dejarme controlar desde pequeño—, ir a Sevilla se me hacía un mundo. Así que opté por la tecnología punta de la época: el anuncio de contactos.
Me abrí un apartado de correos en secreto y redacté el texto: «Chico de 30 años busca chico similar para amistad o lo que surja». Pero entonces me asaltó el pánico: ¿Y si en la oficina de Cambalache de Jerez me conoce alguien y me sacan del armario a la fuerza?
En un alarde de estrategia, decidí publicar el anuncio en la edición de El Puerto de Santa María. Diez kilómetros de distancia me parecieron el refugio perfecto para que no se «descubriera el pastel».
El error editorial (o el mensaje divino)
Cuando compré el Cambalache para ver mi debut, el horror me recorrió el cuerpo. Habían publicado mi anuncio, sí, pero se habían equivocado. En lugar de mi número de apartado de Jerez, pusieron el de El Puerto.
Llamé a la editora con el corazón en la boca y la voz entrecortada: — Oiga, que ha habido un error… — Lo sentimos —me contestaron—, ya no se puede parar la edición. Por cierto, el número que hemos puesto por error pertenece a un convento de monjas de El Puerto.
Silencio sepulcral.
Pecado, penitencia y… vuelta a empezar
De repente, mi educación judeocristiana me activó un TOC religioso a máxima potencia. Imaginé a la pobre monja encargada de la correspondencia recibiendo un montón de cartas de hombres buscando a otros hombres. Cartas que, probablemente, llevarían fotos no precisamente adecuadas para un convento.
Pensé que el Señor me había castigado por mi pecado. Prometí no volver a poner un anuncio jamás. Me sentí el pecador más torpe de la provincia.
Pero ya sabéis que la cabra tira al monte… y a las dos semanas, volví a escribir la carta. Esta vez, directamente en Jerez. Y bueno… esa ya es otra historia.

— (c) Es un post de Alfonso Saborido
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