
Hoy he vuelto a uno de esos lugares que guardamos no en la memoria, sino en el pulso. Un sitio pequeño para casi todos, inmenso para mÃ: el estanque de patos y cisnes del Zoo de Jerez.
AllÃ, cada vez que cruzo ese puentecito —que de niño me parecÃa un colosal arco de aventura y que ahora es apenas un suspiro de madera—, sucede algo quieto y profundo. No es nostalgia. Es un reencuentro.
Me vuelvo a encontrar con el niño que fui, el que se escapó una vez entre las piernas de los adultos, se quitó los zapatos y estuvo a punto de meterse en el agua. No para bañarse. Para ser. Para entender cómo un ave, hecha para volar, elige también nadar. Cómo puede habitar dos mundos.
Los patos. Mis patos.
Siempre están.
Pasean con una delicada indiferencia, que no es desdén, sino plena pertenencia. Hacen un ruido suave al avanzar, como si el agua susurrara. Mueven la cola con ese ritmo pausado de quien no tiene prisa pero sabe hacia dónde va. A veces navegan —sÃ, navegan— con una elegancia veloz y serena. Se quedan quietos, felices. A la sombra, fresquitos.
Hoy, con el sol alto y la gente pasando en oleadas de risas y cámaras, ese rincón seguÃa siendo un remanso. ¿Qué tiene este lugar que me ata asÃ? No son los recuerdos. Es la paz que se respira. Una paz activa, viva, hecha de aleteos suaves, de reflejos verdes en el agua, de la certeza silenciosa de que algunas cosas, aunque todo cambie, permanecen.
Regresar aquà es recordar que, en el fondo, sigo siendo aquel niño que creyó, aunque sea por un instante, que podÃa convertirse en pato. No por huir. Por pertenecer a un ritmo más lento, a un mundo paralelo donde volar y nadar no son opuestos, sino dos formas de ser libre.
Tal vez todos tenemos un «estanque de patos». Un lugar pequeño y fiel donde el tiempo no pasa, sino que se aquieta. Donde el alma se recoloca. Donde el adulto que somos le da la mano, sin decir nada, al niño que sigue siendo.
Y siempre, siempre, los patos están allÃ.
Navegando.
Silenciosamente fieles.
Recordándonos que a veces, la mayor sabidurÃa está en quedarse quieto, en flotar, en habitar plenamente el lugar que elegimos ser.
Con calma,
Alfonso.
Escrito el 18 de marzo de 2007

— (c) Es un post de Alfonso Saborido
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Ese niño interior nos espera nadando en nosotros como los patos, que bueno es recorrer lugares que nos acerquen a quienes somos.
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