
Hay quienes dicen que «no hay que remover el pasado», que las heridas de la Guerra Civil y el franquismo ya deberían estar cerradas. Lo dicen desde la comodidad del presente, ignorando que una herida no se cierra si dentro todavía tiene la infección de la injusticia.
Mi padre me contaba que, durante los años más oscuros del franquismo, tenía que comerse las algarrobas que les quitaba a los cerdos para no morir de hambre.
Memoria contra el olvido impuesto
Esa imagen no es solo un recuerdo familiar; es el retrato de un sistema que humilló a todo un pueblo. Me rebelo profundamente contra los que nos piden que «olvidemos» o que miremos hacia adelante como si nada hubiera pasado.
- Sin justicia no hay punto final: No se puede pedir borrón y cuenta nueva cuando nunca hubo un reconocimiento real de las víctimas ni una reparación digna para quienes fueron despojados de todo, incluso de su derecho a comer.
- El hambre como arma política: Las algarrobas de mi padre fueron el resultado de una estrategia de miseria. Olvidarlo es traicionar su memoria y la de tantos otros.
- Mi rebeldía es recordar: Mi negativa a «superarlo» es mi forma de resistencia. Recordar esa humillación es la única herramienta que tengo para denunciar que este país sigue teniendo una deuda pendiente con los que sufrieron la dictadura.
La herida sigue abierta por necesidad
Quieren que callemos porque el silencio es el mejor aliado de la impunidad. Pero mientras la historia de mi padre —la de un hombre disputándole la comida al ganado bajo un régimen opresor— no tenga una respuesta de justicia y reparación real, la herida seguirá abierta. Y me encargaré de que así sea, porque olvidar es permitir que ganen otra vez.
— (c) Es un post de Alfonso Saborido
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