
Vivir con TAG (Trastorno de Ansiedad Generalizada), TOC y TPSV (Taquicardia Paroxística Supraventricular) es, básicamente, aprender a navegar en una tormenta constante. No es grave, convivo con ello desde siempre y he aprendido a surfear las olas de mi propio cuerpo.
Cuando la taquicardia aparece y no remite en segundos, mi protocolo es claro: parar. Dejo lo que esté haciendo, busco un sitio donde sentarme o, si tengo suerte, una cama donde tumbarme. Practico mi propia técnica de meditación y Reiki: silencio los pensamientos intrusivos y coloco mis manos sobre el pecho. Casi siempre funciona. Hace años que no piso un hospital gracias a este equilibrio que he logrado construir.
El peso de un año difícil
Sin embargo, el año pasado fue una prueba de fuego. El acoso de un vecino me obligó a cambiar de casa, disparando mis picos de ansiedad y, con ellos, los episodios de TPSV.
Pero en medio de todo ese caos, ocurrió algo que nunca me había pasado: tuve una crisis con mi gata en casa.
Una conexión que va más allá de lo explicable
Me eché en la cama, buscando ese refugio necesario para calmar mi corazón. Ella, como siempre, vino corriendo detrás. Pero esta vez no se limitó a dormir a mi lado con su cabecita en mi hombro. Ella supo que algo no iba bien.
Se subió directamente sobre mi pecho. Se acomodó justo donde el corazón golpeaba con fuerza y empezó a ronronear. Se me saltan las lágrimas mientras escribo esto porque sigo sin poder explicar cómo supo exactamente lo que me estaba pasando.
El calor de su cuerpo y esa vibración rítmica recorriéndome el pecho fueron más efectivos que cualquier técnica aprendida: su ronroneo detuvo la taquicardia.
Un milagro de cuatro patas
Dicen que los gatos tienen el poder de sanar, y hoy puedo dar fe de ello. Mi gata es una experta, una guardiana silenciosa que entiende frecuencias que nosotros apenas alcanzamos a intuir. La conexión que tenemos mi pareja, ella y yo es algo que trasciende las palabras.
Doy gracias al «Dios de los gatos» por haberla traído a mi vida. Si estás pasando por una enfermedad, física o emocional, no lo dudes: pon un gato en tu vida. Te ayudará a sanar. Yo soy la prueba viviente de ello.
Gatos que curan 🙂


— (c) Es un post de Alfonso Saborido
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