Mañana 28 de marzo es el aniversario de la muerte de Miguel Hernández.
Miguel Hernández es una de las figuras más conmovedoras y potentes de la literatura española. Aunque cronológicamente pertenece a la Generación del 36, su cercanía personal y estilística con poetas como Lorca o Neruda lo sitúa a menudo como el «hermano menor» de la Generación del 27.

​1. El poeta del pueblo y de la tierra
​A diferencia de muchos de sus contemporáneos, que venían de familias burguesas o académicas, Hernández nació en una familia humilde de Orihuela. Fue un poeta autodidacta que pastoreaba cabras mientras leía vorazmente los clásicos del Siglo de Oro. Esta raíz humilde dotó a su obra de una autenticidad y una fuerza terrenal únicas.
​2. Evolución estilística
​Su obra es un viaje de lo complejo a lo esencial:
​Perito en lunas: Un inicio influenciado por el barroquismo y la metáfora difícil.
​El rayo que no cesa: Su cima amorosa, donde utiliza el soneto para hablar de un amor doloroso y trágico (famoso por su Elegía a Ramón Sijé).
​Viento del pueblo: Poesía de combate, escrita en las trincheras de la Guerra Civil, donde su voz se vuelve épica y comprometida.
​Cancionero y romancero de ausencias: Escrito en la cárcel, es su obra más desnuda y triste, centrada en la falta de libertad, el hambre y su familia.
​3. Las «tres heridas»
​Él mismo resumió los ejes de su vida y obra en un concepto fundamental: la vida, el amor y la muerte. Estas son las «tres heridas» que atraviesan sus versos, especialmente en sus últimos años de cautiverio.
​Dato clave: Murió a los 31 años en una prisión de Alicante, enfermo de tuberculosis y en condiciones deplorables. Sus últimos versos, escritos en las paredes de la celda o en trozos de papel higiénico, son de una humanidad desgarradora.
Los versos a los que me refiero, que escribió poco antes de morir en la enfermería de la prisión de Alicante en 1942, son conocidos como sus «últimos versos» o su despedida.
​Miguel Hernández los escribió con un trozo de carboncillo (o lápiz, según la fuente) en la pared blanca que estaba frente a su camastro, para que fuera lo primero que viera su esposa, Josefina Manresa, al visitarlo, o para dejar testimonio de su estado espiritual.
​Los versos dicen así:
​»Adiós, hermanos, camaradas, amigos,
despedidme del sol y de los trigos.»
​El contexto de estos versos:
​La pared de la celda: Al morir el poeta, sus compañeros de prisión intentaron preservar el trozo de pared donde estaban escritos, pero finalmente se perdieron físicamente. Sin embargo, fueron copiados por otros presos y por su viuda.
​El simbolismo: El «sol» y los «trigos» representan todo lo que Miguel amaba y que le fue arrebatado: la libertad, la naturaleza, su tierra de Orihuela y la vida misma.
​Su testamento vital: A pesar de haber sido condenado por sus ideas, sus últimas palabras no fueron de odio, sino de una fraternidad profunda («hermanos, camaradas, amigos»).

¿Con qué poema de él te quedas tú?

Alfonso Saborido.

Imagen del escritor Miguel Hernández
Miguel Hernández

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