
He visto la película ‘Gracias a Dios’ (2018) y me ha removido toda la memoria.
Con la dirección de François Ozon, esta película trata de Alexandre, que vive en Lyon con su esposa e hijos. Por casualidad, se entera de que el sacerdote que abusó de él cuando era un boy scout sigue trabajando con niños. Se lanza a un combate al que se unen François y Emmanuel, otras víctimas del sacerdote, con el fin de liberarse de sus sufrimientos a través de la palabra. Pero las repercusiones y consecuencias de sus testimonios no dejarán a nadie indemne. Basada en el caso real de Bernard Preynat, sacerdote de la Diócesis de Lyon, acusado en 2016 de abusar sexualmente de decenas de niños. (FILMAFFINITY)
Yo también sufrí abusos cuando tenía quince años. Sí, fue un abuso, pero en aquel entonces yo me sentía mayor y creía saber defenderme solo. Aun así, me lo tuve que comer en silencio porque no fui capaz de contárselo a mi familia. El abusador ya ha muerto y el asunto ha prescrito, así que no daré pistas de quién fue; ya es tarde.
El error de la mecánica
Todo comenzó cuando terminé la EGB y mi madre se empeñó en que fuera mecánico. Yo era un buen estudiante; no brillante, pero sacaba buenas notas en todo. Yo no quería ser mecánico, quería hacer el BUP de entonces (hablo de 1980, en España). Sin embargo, me metió contra mi voluntad con catorce años en un colegio salesiano.
Como no me gustaba, no estudiaba. Además, tenía un maestro de taller que me traía por la calle de la amargura; la tomó conmigo porque se dio cuenta de que aquello no me interesaba. Mi único refugio era la misa diaria y la capilla, donde empecé a interesarme por la religión. El resultado fue previsible: suspendí casi todas las asignaturas. Mi madre pensó que me había vuelto tonto y decidió buscarme un maestro particular. Ahí empezó el verdadero problema.
El despacho y el miedo
Aquel hombre se dio cuenta rápidamente de que de tonto no tenía un pelo y que mi falta de estudio era pura rebeldía. Como yo resolvía fácilmente las tareas, él vio que no tenía mucho trabajo docente que hacer conmigo.
Un día empezó a hablarme de sexo. Me preguntó si tenía novia y le mentí diciendo que no. Yo ya tenía experiencias con un amigo, pero no estaba dispuesto a contárselo a él. La situación escaló hasta que un día, al entrar en su despacho, lo encontré con los pantalones bajados. Se abalanzó sobre mí tocando mis genitales. Lo empujé y no volví más. Aún siento asco al recordarlo y a veces, cuando he tenido sexo, ya se conmigo o con otros, se me ha venido esa imagen a la cabeza. Es como si llevara una cicatriz.
Me sentía asqueado y temeroso, pensando que él me había elegido porque él creía que yo era homosexual. Imaginaos esa tormenta en una cabeza de quince años. No se lo conté a nadie.
La huida en Vespino
Dejé de ir a las clases, pero tenía un dilema: mi madre me daba el dinero mensual para pagarle y yo necesitaba el recibo. Fui a su casa a fin de mes, asegurándome de que hubiera otros niños presentes para sentirme a salvo. Entré nervioso, le pagué —menudo sinvergüenza por cobrarme— y me dio el recibo. Así estuve varios meses.
Mientras tanto, a la hora de la clase, yo desaparecía con mi Vespino hacia lugares donde nadie me reconociera. Mi única salida era estudiar mucho para no tener que volver con él. En septiembre, me matriculé yo solo en Viticultura y Enología, algo que sí me gustaba, bajo el pretexto de que ya era mayor. Lo hice en secreto, pero sabía que al llegar las primeras notas el «pastel» se descubriría.
El reencuentro ocho años después
Cuando entregué las notas, fueron las mejores de mi vida: todo sobresalientes y notables. Mi madre tuvo que recular y, por fin, me libré de aquel hombre.
Ocho años después, caminando con mi madre por el centro de Jerez, nos lo encontramos. Ella se paró a saludarle, pero yo me quedé atrás. Mi madre, extrañada, me preguntó:
—Niño, ¿no saludas a D. …?
Él respondió: —Es que ya no se acuerda de mí.
Yo contesté: —Me acuerdo perfectamente de todo.
Al alejarnos, mi madre me preguntó por mi frialdad. Fue entonces cuando, casi llorando, se lo conté todo. Ella, con lágrimas de rabia, me confesó que mi hermana ya le había advertido que ese hombre no le gustaba. —¿Por qué no dijiste nada? —me preguntó. —Por vergüenza, mamá. Tenía quince años.
Ella me pidió que siempre le contara lo que me pasara. Lo hice con algunas cosas; con otras no. Nunca le dije que era gay, aunque, en el fondo, nunca le hizo falta saberlo.
El valor de no tirar la toalla

Ver estas notas mías de cuando estaba en primero de FP, con quince años, ahora que tengo 60, me ha costado unas lagrimitas. Si hoy sigo trabajando y disfrutando de lo que hago, es gracias al esfuerzo titánico que hice en aquellos años de mi adolescencia. Sí, era un buen estudiante, pero no un «empollón». He tenido que trabajar muchísimo para llegar hasta donde estoy ahora.
En el camino han venido derrotas, como en algunas oposiciones, pero siempre me he tenido que levantar y comenzar de nuevo. Hoy me alegro profundamente de no haber tirado la toalla. Soy feliz en mi trabajo, pero ¡madre mía, mamá!, cuánto he pasado desde aquella vez que viste estas mismas notas.
Aún recuerdo a papá diciéndote: «Ahí lo tienes». Y recuerdo tu mirada, mamá, cuando por fin diste tu brazo a torcer y te diste cuenta de que mi destino no era ser mecánico. Aquel éxito académico fue mi pasaporte a la libertad y la prueba de que, a pesar de todo lo que sufrí en silencio, mi voluntad siempre fue más fuerte que aquel hombre
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